Nota del editor

Después de dos salidas en falso, en las que braceaba confiando en encontrar un ritmo, una forma, el autor dio con un coro a cuatro voces: el Maquinista, la Portera, Luna, Tito Peralta. ¿Será el adecuado? No lo sabe. ¿Cómo se traduce el espanto? Los cuerpos se apilan o desaparecen, la tecnología es otra. Él imita el ritmo de los cuerpos aunque el resultado sea esta tiesura.

 

A veces cree recuperar un gesto, a veces logra reconectarse.

 

El puerto en que nació fue arrasado en tres ocasiones antes de que se ordenara el desembarco. Luego se mudó a las Provincias, tierra adentro, en las montañas de Oriente. Allá escuchó corridos enfáticos, tamboras enérgicas. Moría de mal humor, la rabia lo inundaba. Regresó 22 años después: el Bar Palacio, el edificio La Sevillana, el mercado gastronómico, los muelles fiscales…

 

Fiesta de Viernes Santo, orquesta, farolitos de colores, baile con base de güiro y campana. La Pasión del trópico como estribillo: “Devórame otra vez, ven, devórame otra vez”. Puro estoicismo, candela del cuerpo.

 

Sólo el baile es más anónimo que el canto. Poesía pura. A lo mejor, pensó, hay que empezar por soltar el cuerpo, el propio, sacudirse el espanto. .

 

“Cuando a uno se le pierde algo, el deseo genera el objeto, la réplica.”

Ricardo Piglia

¿Será? Tampoco lo sabe. Él se dedica, con paciencia de galeote, a hacer 40 minutos de remo en el gimnasio. Que el Señor de los Toques lo asista.

 

Los Leporinos es una columna en constante reescritura, una novela por entregas que cree en las bondades de la edición y no termina de entender la premura de las plataformas digitales. El autor, criatura confundida, cree que los asuntos del mundo merecen formatos diversos, tiempos que se solapan.

 

Las notas del editor son su colaboración a la Gran Mudanza.

 

El inicio de cada entrega se indicará con una imagen. El editor lamenta las molestias que una sola pantalla pueda ocasionar. Es el runner. De tanto en tanto, para romper el mal humor, consiente en postear un video, rescatar una cita hermana o bastarda, incrustarla en la pantalla en forma de bullet, como para que el ojo descanse en el espectáculo de la guerra, como para recrear su atmósfera.

 

 

 

EL MAQUINISTA

 

I

Lo que Tito quería discutir era si le publicaríamos o no le publicaríamos el librito ese que circuló en internet por algún tiempo. El librito, planeado como una miniatura a cuatro voces, no fue más allá de la tercera entrega… Hasta ahora. Tras dedicarle cinco horas de trabajo, de lunes a sábado, al cabo de tres años lo había concluido. El librito me interesaba poco más de lo que a él le interesaba discutir el funcionamiento de los Leporinos.

 

Curiosidad, más que nada. Hasta hace no mucho, Tito había sido Tito Peralta. Como editor, sin embargo, mi prioridad era entrar en contacto con los dirigentes de la agrupación, publicar a tres o cuatro Incendiarios.

 

Tito ya no era Peralta pero, de alguna manera, en el transcurso de esos años había logrado infiltrarse en el grupo. Cualquier dato que me proporcionara era de utilidad.

 

Desde que tropecé con el primero de ellos, los Leporinos han sido mi obsesión.

 

“A principios de 1500 Sylvius describe ordenadamente los tiempos operatorios: separar el labio del maxilar, escarificar los bordes de la fisura, aplicar emplastos aglutinantes, saturar mediante hilos fuertemente anudados.”

Dr. Tresserra Llaurado

Dos noches antes, Tito había recogido una Ram Charger en el estacionamiento de un HEB. El chofer, un mecánico que había sido enrolado como mensajero, le pidió encarecidamente que no le desecualizara el estéreo.

 

—Creo que, finalmente, he dado con la combinación perfecta.

 

El mecánico, me cuenta Tito, llevaba siete meses trabajando en ese último detalle, lograr la ecualización perfecta de la camioneta que había reconstruido desde el cascarón.

 

—Me parece que eso resume bastante bien su funcionamiento, ¿no crees?

 

Compartía la admiración de Tito, sólo que la admiración no cubre mis necesidades.

 

II

—No creo que podamos publicar tu libro —le digo—, me apena decírtelo, pero es así. Internet no es el mejor sitio para publicar libros de ficción.

 

—¿Por qué no?

 

—Porque no lo es. Además, la ficción no es lo mejor de tu obra, explicas demasiado. Podría publicar como memorias políticas tus artículos de no ficción; a lo mejor, no sé. Ahora, si tienes algo más reciente, de no ficción, cuenta con nosotros.

 

—Los tiempos son otros…

 

—Los tiempos siempre son otros, esa es mi experiencia. Tienes que ajustarte al código… Oh, no hablo de eso, tú sabes de lo que hablo.

 

Admiro la búsqueda de Tito, un autor consumido en la creación de un lenguaje personal, en serio. Es sólo que la época, el medio, incluso el editor no son los adecuados.

 

Eso es todo.

 

III

La noche en que conocí a mi segundo Leporino, Luna contaba una historia más del Señor de los Toques. En los relatos de Luna, el Señor de los Toques es un fabulista, en el mundo real, era el encargado de tratar las enfermedades menores de la Familia con una máquina de descargas eléctricas.

 

La Familia es una comunidad apocalíptica que, además del galvanismo, cree en la poligamia.

 

“¿Estás dispuesta a convertirte en mi carnada, a sacrificar tu vida traspasada en mi anzuelo y a ser devorada por otros a fin de que vivan y sean atrapados por mí para alimentar a los hombres?”

David Berg

Para Luna la falta del grupo no radica en la poligamia, ni siquiera en el mensaje apocalíptico de sus arengas. Para Luna la falta reside en la endogamia. El Señor de los Toques, digamos, la inició en la moraleja de la fábula.

 

—Indignarse nubla el entendimiento…

 

—¿Eso te dijo?

 

—Sí.

 

—Tengo que confesar que con cada historia que me cuentas me es más difícil reconocer el o los principios que rigen la filosofía de nuestro amigo.

 

—El Señor de los Toques.

 

—El Señor de los Toques…

 

—La sobrevivencia es el principio. Para sobrevivir tienes que entender lo que pasa. Si entiendes lo que pasa, encontrarás la manera de sortear el problema, salir de la enfermedad.

 

—Señora, mi fe en la paciencia no es tanta.

 

—El Señor de los Toques no habla de paciencia. El Señor de los Toques habla de resistencia.

 

La resistencia de Luna es absoluta, nada ni nadie la quiebra. Eso quiero pensar, eso me reconforta.

 

—Creo que, hasta ahora, he resistido la tentación de burlarme del Señor de los Toques. Creo, además, que esta es la ocasión perfecta para enfriar el tema, dejar que los detalles maduren en nosotros. Le recuerdo que estamos entre conocidos, ¿por qué no bailamos?

 

—Sabes que no me gusta bailar…

 

—Y sin embargo lo haces de maravilla.

 

—Lo que quieres es una excusa para tocarme las nalgas, ¿no es cierto?

 

—Mi señora, la libertad radica en el baile. Los pueblos del mundo, hasta hace no mucho, lo sabían. El baile, como proemio del apareamiento, es apenas una de sus manifestaciones…

 

—Lo que quieres es un pretexto para tocarme las nalgas, Vizcarra, dilo. ¿Todos los maquinistas son iguales? ¿Todos los marineritos?

 

—Sí… Las fiestas de montaña nos aburren, ¿sabe usted? Uno como que se ahoga entre tanto humo de becerro. ¿Qué dioses adoran? ¿Qué piden? ¿Por qué no le meten himnos más guapachosos?…

 

—Te tengo una sorpresa…

 

Los vínculos de Luna con el mundo de las tribus urbanas son muchos. Si alguien comprende la nostalgia de las hordas nómadas, ese alguien es Luna. Sus sorpresas se desarrollan en territorios inhóspitos, calle abajo, donde los forasteros gritan los crímenes del reino.

 

—Dímelo todo.

 

—¿Ves a ese hombre de allá?

 

—¿El de playera roja?

 

—Sí… Ese hombre solía ser Tito Peralta, tu segundo Leporino.

 

IV

Entre los Leporinos, Tito es un excéntrico; esto es, un compañero que actúa fuera del núcleo que me interesa, el de los Incendiarios. Tito ni siquiera actúa como Portero; opera, más bien, como Enganchador. Esto lo supe después. La madrugada en que me pidió matar a un desconocido en una gasolinera, imaginé que, de hacerlo, mi acción se leería como una muestra de respeto.

 

Decidí sorprender al desconocido en el baño.

 

—Ese hombre es un asesino —me dijo—, no dudes.

 

No dudaba. Ocho años de rumores, de fantasías, quedaban atrás. Tan pronto amaneciera, el Maestro de los Leporinos me recibiría. Unas horas después, aceptaría confiarme tres Incendiarios, cuatro si sabía interesarlo.

 

No necesitaba más.

 

“No confundas ninjas con samuráis.”

Celeste Matsumoto

El tiempo probaría lo mucho que me equivocaba. No sólo no me recibió, tampoco supe calcular el peso que un muerto tiene sobre la conciencia, lo difícil que resulta desprenderse de él, la hondura de mi cinismo.

 

En los trabajos que elaboré en las afueras del Casino, desarrollo este punto ampliamente. Matar no es una opción, aunque nos maten. No es una cuestión ética, es una cuestión de ritmo. Cuando matas, lo pierdes.

 

Ningún Incendiario o Leporino se ha pronunciado al respecto.

 

V

A los 16 años creía que sólo unos cuantos escritores, los menos enfáticos, los más inspirados, eran capaces de reportar el efecto que producen ciertos paisajes en el ánimo de las personas. Creí, también, que contaba con lo necesario para ser uno de ellos. Luego conocí a mi primer Leporino, oficial de máquinas desembarcado, orador sin tema, que además de contarnos toda clase de historias acerca del grupo, citaba —de forma libre, enfática, ebrio hasta los pelos— a Efraín Huerta:

 

—Ese instante durísimo, cabrón, ¡durísimo!, en que gritamos por una virtud que nunca fue nuestra…

 

Escuchábamos, sin saberlo, lo mejor de su registro. Desde entonces, sé que no hay canto sin faltar a la letra.

 

“Es la hora del sueño, de los labios resecos, de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.”

Efraín Huerta

Mi grito, a los 23, consistió en llamar por su nombre a esos árboles cuchos, despeinados, que crecen a la orilla de la carretera. No poseo mejor fórmula. Lo mío no es la creación literaria. Lo mío es la edición. El oficio lo aprendí desde abajo. Como corrector, aprendí con quién se puede trabajar y con quién no; como editor, huelo a los Incendiarios. Por eso me dedico a lo que me dedico, por eso no dudé en matar al hombre que Tito me señaló.

 

Yo, como Gordon Lish, trabajaría con los grandes, con los que queman la pantalla. El remanso del número me disgusta, me salto la norma.

 

—El Señor de los Toques estará conforme —le digo a Tito—. También yo sabré persistir. Un día todo esto va a arder…

 

Cuando intento recostarme, choco con el cuerpo del desconocido.

 

Es durísimo desprenderse de tu primer muerto, cabrón, durísimo.

 

 

VI

¿Quién hablará de la cobardía? ¿Quién del asesinato? El realismo no es tan soso, ¿sabes? Los cuentos de luchadores, por ejemplo. El ring, seguro; pero abajo del ring, ¿qué? ¿Dónde dejas la máscara? ¿Cuándo empiezan los trancazos? ¿Por qué? Estas son preguntas importantes, merecen respuesta. Nadie mejor que los Leporinos para contestarlas.

 

“Why don’t you come on back to the war, let’s all get even.”

Leonard Cohen

El Consejo no se pronuncia, sin embargo. ¿Cuánto tiempo? ¿Seis, siete meses? En la carpeta del informe incluí una selección de cuentos publicados en siete estados de la república, los más broncos. 37‰ cuentos de lucha libre. ¿Coincidencia? Puede ser. Editorialmente 37‰ sigue siendo una cifra alta. Los Incendiarios están detrás de todo eso. Los Incendiarios son Leporinos que alebrestan, que caldean los ánimos, que forman militantes… Si el formato del libro está condenado a desaparecer, me gustaría cerrar la temporada con tirajes de mil ejemplares, en formato de bolsillo.

 

¿Por qué no contestan?

 

VII

Las murmuraciones son muchas. Se cuenta que el último Intocable fue un oriental de nombre Wei Yang Chi. Martel, que a mí me suena a francés, fue el primero de los Perseguidos.

 

Como podrás ver, nomás la pura introducción resume punto por punto la historia del mundo. Ahora, las aventuras de una secta oriental, perseguida en Occidente, es algo que cualquier quiere leer. ¿Dime si no? Luego está el cómo lo hagas, por supuesto, los materiales a mano. Pero los Leporinos te respaldan.

 

Eso sí te digo, la historia que está por escribirse no será la de tu abuelo. Acá la familia no trepa por el caracol del trabajo. Acá todo es atraco, acá todo está lleno de gandallas. Acá, cuando te persignas, no te persignas por decencia. Acá, escúchame, las fotos nomás sacan la ausencia.

 

¿La memoria? Canciones en labios ebrios, rebabas de juglaría. ¡La proclama, la proclama pondrá fin a todo esto!

 

—Súbele al pinche estéreo, no mames, esa canción es la de Luna.

 

VIII

En el 58, los cronistas de por acá registraron la colocación de una cápsula del tiempo en el monumento dedicados a los Fundadores.

 

El cabildo discutió el contenido de la cápsula.

 

¿Qué te gusta? ¿Una copia del acta fundacional? ¿El mechón de pelo de un alma cacariza? Dime, ¿tú qué crees que guarden las autoridades del cabildo en una cápsula del tiempo? ¿A quién le importa?

 

Bueno, pues hace unos meses otro cabildo mandó reubicar el monumento. La dichosa cápsula no aparecía, tremendo lío. Indignadísimos, otros cronistas demandaban a los mismos periódicos que inflaban la nota. Se armó tanta alharaca que el presidente municipal, tardecito, le entró al juego de las declaraciones.

 

“Será una de las mejores horas que marcarán el tiempo de mi gobierno. Quizá la más perenne, quizá la más entrañable.”
Carlos Canturosas Villarreal

—La cápsula aparecerá. Si no toda, al menos en partes. Esa base es de hormigón, a lo mejor las termitas nos gastaron una broma, a lo mejor la humedad. El próximo podio será de mármol, la cápsula del mejor acero americano. Paciencia, sólo les pido paciencia.

 

Un cuerpo de especialistas se puso a analizar materiales, los albañiles apuraron la desmontada. Los lectores, para entonces, se cagaban de risa.

 

—Los políticos siempre tan mano larga, no perdonan ni las cápsulas del tiempo.

 

El cabildo volvió a sesionar. Minutas, informes, receso, brandi en el Diligencias.

 

—¿Qué hacemos, mi lic?

 

—Chingao, no sé, ¿por qué la gente será tan rata?

 

Al final aparecieron dos cápsulas, en la reinauguración se colocó otra más. Las autoridades mostraban así el profundo respeto que sentían por la historia.

 

¿Alguien preguntó qué contenían? No. ¿Por qué no? Porque no.

 

IX

Pues a esa ciudad me llevó Tito. Cuatro puentes anchos, internacionales, para deshacernos de un solo muerto.

 

“Baby, I don’t care where you bury my body when I’m dead and gone. You may bury my body down by the highway side, so my old evil spirit can get a Greyhound bus and ride.”

Robert Johnson

Las preguntas del realismo, ¿no? ¿Cómo funciona? ¿Lo botas así nomás o lo despachas en partes? ¿A quién llamas? ¿Cuánto te cuesta?

 

Me sentía como el negrito que cantaba Me and the devil, ese que se encontró con el chamuco en un camino cruzado del Delta.

 

X

Gloria resultó ser una gorda bastante afectuosa que portaba una colorida blusa de manta debajo de una chaqueta de los Marines. El conjuntito no era accidental, como luego me dijo, el conjuntito tenía su chiste.

 

En principio, el ejército gabacho prohíbe a los soldados de cualquier regimiento portar el uniforme fuera del servicio; las ofertas del flea market, sin embargo, complican la regla. Gloria, como buen soldado, golpea por disciplina los puntos que sus superiores dejan al descubierto.

 

—Órale, Peralta, has de estar bien culiado pa llamarme a las carreras. ¿Un muerto? Tres años sin verte, cabrón, mátame esa. ¿Quién te crees que soy? ¿Tu chicana momma? ¿Un culito más? En estos pechos te dejaste los dientes de leche, no te hagas… Pero no te me pongas chiquito, mi amor, la Gloria no es rencorosa, la Gloria te quiere, deja que te apriete esas nalgas tan bonitas, ¡cachetón!

 

Impasible, el administrador nomás salió del mostrador para poner café. Pinche café aguado, de motel, comprado en la tienda del dólar del otro lado.

 

—Quióbo, güerito, ¿te pone nervioso el Poncho? Es sordo… Cabrón, pero sordo. Por eso lo pusimos en el Hamelin… Poncho, eh, Poncho. Órale, a la chingada… Bueno, qué, ¿a quién mataron? ¿Se lo merecía?

 

XI

—El jale del Hamelin es de los importantes. Por aquí pasa el miedo, la justicia menos, el amor no sé, la prostitución seguro. Somos lo que somos, por eso los sordos nos gustan más. ¿Creías que esto era el Hilton? ¿Pos dónde aprendiste a fumar, criatura? Para ser encargado del Hamelin se necesita mundo, una automática, ser sordo de nacimiento y nociones de aritmética. Si cumples con todas las condiciones, el trabajo dura lo que dura. Nadie cobra el retiro pero todos los encargados han contado con un catre al fondo, tres comidas diarias, la Cruz Verde está aquí nomás a la vuelta. Quióbo, ¿conoces a algún interesado? El Poncho se nos muere en estos días de cáncer… ¿No?… Bueno, no te agüites. Perder a un muerto en estas tierras te enseñará continencia… Los muertos pesan mucho, güero, lo mejor es no agarrarle el gusto… Dos muertos en la conciencia son muchos muertos, tres te quiebran. Escúchame, mejor que lo hagas… Ora que venga Tito tú te me pintas al centro, nomás al centro, cabrón. Pasea a tu muertito, tranquilo. Cuando sientas que te carga la chingada, me hablas… No antes de tres hora, una por cada año que me debe… Tú despídete despacito, mejor que lo hagas… Cuando estés bien mamado de alcoholes, me llamas a este número… Ora, por dejar que la Gloria se agasaje al Tito a sus anchas, cuando me llames te voy a proponer un trato chingón… Trae truco, pero es chingón y es trato, tú decides si le entras.

 

—¿Tú eres mi Portera?

 

—Yo soy tu Portera, papito… Tú nomás como el Poncho, calladito a la chingada.

 

XII

“Ahí viven los atravesados, los bizcos, los perversos, los queer, los problemáticos, los chuchos callejeros, los mulatos, los de raza mezclada, los medio muertos.”

Gloria Anzaldúa

La frontera le enfría el pasado a cualquiera, me lo dijo Gloria. El truco reside en que sólo el primero de los cruces trae garantía. Se sabe de gente que cruzó hasta catorce veces, cada una con un muerto distinto; años chulos, de pura anarquía. Luego no, luego el número se fue reduciendo. La gente con más de dos cruces de muerto se pone oscura, no sirve para nada. La frontera se puso avara. Serán los dioses, o la migra, o los narcos, o el río que se encrespa. Como sea, las bulas que la Gloria dispensa dan para un cruce. Luego, si quieres, te vuelve a cruzar; nomás que ahora sin promesas.

 

El uniforme me pica.

 

American soldiers —dice Gloria al oficial.

 

Tito se rasca la nuca.

 

Something to declare?

 

Nah fucking country, ah?

 

Yeah.

 

El oficial mira atrás, adonde se quedó mi muerto. Me pregunto si lo podrá distinguir entre tanta grisura. Es el encuerado con las manos atadas a la espalda. Para lograrlo, le tuve que romper los brazos. Mi muerto es el morenito de la esquina, debajo de un poste de luz sin foco, a tres cuadras de la Cruz Verde. ¿Alcanzará a distinguirlo?

 

Hace media hora, o así, cerramos el trato por teléfono.

 

—Échamele ganas, en un ratito estás del otro lado, ahora nomás fírmame bonito tu obra. Haz que parezca que fueron los narcos. Nadie hará pedo, hay mucho halcón por acá… En lo que arreglas el asunto me echo el del adiós, al soldado Peralta le da mucho por hacerse el desaparecido.

 

XIII

—Irving Howe fue socialista además de judío. Lindo viejo, abravado, del meritito Bronx. ¿Lo conoces? Crítico literario, memorialista. Cuando le reclamaron el título de uno de su libro, el de los Yiddish en Nueva York, contestó: “Querida señora, El mundo de nuestros padres es el título de un libro; El mundo de nuestros padres y nuestras madres es el título de un discurso”… Los circuncidados son así, inflexibles… Pues ese señor, una tarde, se puso a escribir el mejor estudio sobre Faulkner. Detrás de los datos, el mito de la derrota confederada. El orgullo, el honor o lo que sea, cagándote el palo, apartándote del discurso triunfalista del Norte… Cuando el mito está a punto de desaparecer, aparece Bill y lo encapsula entero… Pequeño contratiempo que sorteó con elegancia sureña: la nostalgia del romance regional lo enmelcochaba todo. Que si las tías, que si los negros tan obedientes, que si las mujeres tan guapas… ¿Qué hace? Recurre a Poe, al Poe de Baudelaire en todo caso. Ese sólo gesto lo sitúa en el mundo. Gana, para el Sur, un registro literario… La buena literatura escruta el pasado, no lo encomia. Son modales, nada más… Sí, chinga mucho, pero es así… Ahora, el gesto no transforma la partida, nomás la manera en que se cuenta…

 

“Ya que todos somos jueces, todos somos culpables.”

Albert Camus

—Suena a que leía mucho a Dostoievski…

 

—No importa qué chingaos leía, es lindo. La literatura como memoria incómoda: de un mundo, de una derrota, de lo que sea… Lindos viejos, la verdad.

 

XIV

—¿Has leído a David Foster Wallace?

 

—Poco. Entiendo que se suicidó.

 

—Sí, más o menos.

 

—Nadie se suicida más o menos, se suicida o no se suicida. Bang, a la chingada, o de cualquier otra forma.

 

—¿Quieres aderezo?… No quería suicidarse, lo suicidaron. Le faltaba realidad… ¿Te importa? Pregunté que si querías…

 

—Era para probar… La falta de realidad no siempre desemboca en el suicidio. Los Incendiarios …

 

—Ahora que hablabas de Faulkner, pensé: Foster Wallace tampoco tenía un lugar al cual regresar. Chas, barrido el Sur, chas, barrido el Oeste, chas por todos lados la misma mesita de polipropileno, los mismos toppings, el mismo panorámico. En un punto, el sistema deja de reproducir realidad, achata la geografía.

 

—Dicho así suena a relato de terror. Lo mío es Faulkner, Howe, a lo mejor Poe, pero no todo…

 

—Ciertos ambientes achican las emociones. ¿Cómo le entras a lo que sólo tiene un lado, un tiempo parejo?… Considera este centro comercial, ¿qué ves?

 

—La zona de comidas, tiendas, un carrusel allá atrás, mira tú, un bungee.

 

—Mira bien…

 

—Tito, no sé. Veo niños, demasiados, lamiendo los aparadores, una abuela poniéndose las gafas, un mapa, la cajera del Hong Fat parece enojada con el compa de las muestras; bungee, chiquito, pero bungee… Nunca me he subido a uno.

 

“¿Para quién es una casa la Casa Encantada? Tal vez para los mentirosos, los creativos, los propagandistas y los ingenieros forestales que se esfuerzan en reparar el enorme Árbol Sajón.”

David Foster Wallace

—Aquí no lo harás… Esto es pura memoria aplanada. ¿Ese carrusel es un carrusel o una simulación de carrusel, un recuerdo por el que pagas? De qué lado pega menos sol, ¿del lado del Hollister o del lado de Champs? ¿Reconoces algún ruido ajeno a las transacciones comerciales? La tarifa del bungee, ¿cambia de piso a piso? Si te arrojas, ¿a qué te arrojas? ¿De qué tamaño es tu fondo? Esto no es una feria de pueblo, ni el domo un acantilado, ni los pasillos los pasillos de un mercado… Le faltan cosas, está como aplanado…

 

—¿Eso mató a David? ¿Un bungee? ¿Cómo te identificas con eso? ¿Les falta realidad allá en donde has estado?

 

—Nos faltan maneras de reproducirla, se acabaron. El realismo no da, las cifras no dan…

 

—Maté a un hombre por ti, ¿de qué hablas?…

 

—Era un encargo, tu entrada…

 

—Tú no eres mi Portero…

 

—Yo no soy el Portero de nadie, soy el Enganchador. Si se me ocurre pedir pepinillos, me traen pepinillos. Es trueque, eso se da mucho allá por donde vas.

 

—¿A dónde voy?…

 

Ni siquiera me escucha.

 

—Una cápsula oficial, tu realismo; mensajes que terminan en saludo: de los abuelos a los hijos del presidente municipal, directo… La metaficción es la única vía, Vizcarra… ¿Me vas a publicar el librito o no? Es digital.

 

XV

La cajera del Hong Fat pasa a los gritos.

 

—¿Qué dice? —le pregunta el compa a sus compañeros.

 

—Que te regreses a la sierra, que acá no sabes ni ofrecer orejas de cochino.

 

—Ah, no, dile que por allá los coscorrones están duros, dile que no se espume tanto, que tanto puchero le quita lo mona… Dile: mamacita, hueles a puro morrón, smile

 

Tito no entiende un no, busca engancharme por algún lado.

 

—No eres la clase de Leporino que me interesa. Lo tuyo no es la metaficción. A Wallace no lo suicidaron. No vamos a publicarte el libro. La barra de los pepinillos no está abierta… Escucha, este es mi primer cruce, la Gloria dijo que traía garantía. Por qué no me dices mejor a dónde voy… ¿Los Leporinos no están acá? ¿Cómo los contactamos?… La realidad es que cargo un muerto, mejor que hables, pinche Peralta…

 

“El dinero sigue a las palabras. Nosotros seguimos al dinero.”

Michael B. Zalle

—Esto es lo que pienso: la frontera va a cambiar. Gacho. Hay mucho dinero. Lo del muro es lo de menos. Drones, hermano, drones que monitorean brechas, detectores que te queman la piel de a poquito, como cerillos, bases de dato que no olvidan, jueces de inmigración que consulta esos datos, chotas, hartos chotas. Puede que el negocio de Gloria se acabe. Nos van a saber de memoria, nos van a decir lo que somos, desglosado en porcentajes. Se viene dura la frontera. Las narraciones en red…

 

—Te salen mal…

 

—Léelo por lo menos…

 

—Lo leí a su tiempo… Puro romance de utilería. ¡¿A dónde me mandan?!

 

La cajera del Hong Fat golpea al compa con la charola de las muestras. Esta es una escena de mercado, grandote, chillón, pero mercado. Todo esto es cháchara, ¡dónde están mis Incendiarios! Por lo menos uno. Me lo deben, nos esperan allá abajo.

 

—Te vas a un casino kikapú.

 

—¿Un casino kikapú?

 

—Ellos lo manejan todo… Repartirás cartas o algo así, no sé. Acá está prohibido el juego, en la reserva no, con eso pagan los billes, aseguran la educación de los muchachos…

 

—¿Crupier? ¿Estás loco? ¿Te parece que sé repartir cartas? Tengo trabajo …

 

—Lo harás allá…

 

—¿Allá, en un casino?

 

—Es lo que tengo para ti. Eso o lavaplatos en el Hong Fat. Gloria lo arregló. Decide.

 

Continuará…

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