EL MAQUINISTA

 

I

Lo que Tito quería discutir era si le publicaríamos o no le publicaríamos el librito ese que circuló en internet por algún tiempo. El librito, planeado como una miniatura a cuatro voces, no fue más allá de la tercera entrega… Hasta ahora. Tras dedicarle cinco horas de trabajo, de lunes a sábado, al cabo de tres años lo había concluido. El librito me interesaba poco más de lo que a él le interesaba discutir el funcionamiento de los Leporinos.

 

Curiosidad, más que nada. Hasta hace no mucho, Tito había sido Tito Peralta. Como editor, sin embargo, mi prioridad era entrar en contacto con los dirigentes de la agrupación, publicar a tres o cuatro Incendiarios.

 

Tito ya no era Peralta pero, de alguna manera, en el transcurso de esos años había logrado infiltrarse en el grupo. Cualquier dato que me proporcionara era de utilidad.

 

Desde que tropecé con el primero de ellos, los Leporinos han sido mi obsesión.

 

“A principios de 1500 Sylvius describe ordenadamente los tiempos operatorios: separar el labio del maxilar, escarificar los bordes de la fisura, aplicar emplastos aglutinantes, saturar mediante hilos fuertemente anudados.”

Dr. Tresserra Llaurado

Dos noches antes, Tito había recogido una Ram Charger en el estacionamiento de un HEB. El chofer, un mecánico que había sido enrolado como mensajero, le pidió encarecidamente que no le desecualizara el estéreo.

 

—Creo que, finalmente, he dado con la combinación perfecta.

 

El mecánico, me cuenta Tito, llevaba siete meses trabajando en ese último detalle, lograr la ecualización perfecta de la camioneta que había reconstruido desde el cascarón.

 

—Me parece que eso resume bastante bien su funcionamiento, ¿no crees?

 

Compartía la admiración de Tito, sólo que la admiración no cubre mis necesidades.

 

II

—No creo que podamos publicar tu libro —le digo—, me apena decírtelo, pero es así. Internet no es el mejor sitio para publicar libros de ficción.

 

—¿Por qué no?

 

—Porque no lo es. Además, la ficción no es lo mejor de tu obra, explicas demasiado. Podría publicar como memorias políticas tus artículos de no ficción; a lo mejor, no sé. Ahora, si tienes algo más reciente, de no ficción, cuenta con nosotros.

 

—Los tiempos son otros…

 

—Los tiempos siempre son otros, esa es mi experiencia. Tienes que ajustarte al código… Oh, no hablo de eso, tú sabes de lo que hablo.

 

Admiro la búsqueda de Tito, un autor consumido en la creación de un lenguaje personal, en serio. Es sólo que la época, el medio, incluso el editor no son los adecuados.

 

Eso es todo.

 

III

La noche en que conocí a mi segundo Leporino, Luna contaba una historia más del Señor de los Toques. En los relatos de Luna, el Señor de los Toques es un fabulista, en el mundo real, era el encargado de tratar las enfermedades menores de la Familia con una máquina de descargas eléctricas.

 

La Familia es una comunidad apocalíptica que, además del galvanismo, cree en la poligamia.

 

“¿Estás dispuesta a convertirte en mi carnada, a sacrificar tu vida traspasada en mi anzuelo y a ser devorada por otros a fin de que vivan y sean atrapados por mí para alimentar a los hombres?”

David Berg

Para Luna la falta del grupo no radica en la poligamia, ni siquiera en el mensaje apocalíptico de sus arengas. Para Luna la falta reside en la endogamia. El Señor de los Toques, digamos, la inició en la moraleja de la fábula.

 

—Indignarse nubla el entendimiento…

 

—¿Eso te dijo?

 

—Sí.

 

—Tengo que confesar que con cada historia que me cuentas me es más difícil reconocer el o los principios que rigen la filosofía de nuestro amigo.

 

—El Señor de los Toques.

 

—El Señor de los Toques…

 

—La sobrevivencia es el principio. Para sobrevivir tienes que entender lo que pasa. Si entiendes lo que pasa, encontrarás la manera de sortear el problema, salir de la enfermedad.

 

—Señora, mi fe en la paciencia no es tanta.

 

—El Señor de los Toques no habla de paciencia. El Señor de los Toques habla de resistencia.

 

La resistencia de Luna es absoluta, nada ni nadie la quiebra. Eso quiero pensar, eso me reconforta.

 

—Creo que, hasta ahora, he resistido la tentación de burlarme del Señor de los Toques. Creo, además, que esta es la ocasión perfecta para enfriar el tema, dejar que los detalles maduren en nosotros. Le recuerdo que estamos entre conocidos, ¿por qué no bailamos?

 

—Sabes que no me gusta bailar…

 

—Y sin embargo lo haces de maravilla.

 

—Lo que quieres es una excusa para tocarme las nalgas, ¿no es cierto?

 

—Mi señora, la libertad radica en el baile. Los pueblos del mundo, hasta hace no mucho, lo sabían. El baile, como proemio del apareamiento, es apenas una de sus manifestaciones…

 

—Lo que quieres es un pretexto para tocarme las nalgas, Vizcarra, dilo. ¿Todos los maquinistas son iguales? ¿Todos los marineritos?

 

—Sí… Las fiestas de montaña nos aburren, ¿sabe usted? Uno como que se ahoga entre tanto humo de becerro. ¿Qué dioses adoran? ¿Qué piden? ¿Por qué no le meten himnos más guapachosos?…

 

—Te tengo una sorpresa…

 

Los vínculos de Luna con el mundo de las tribus urbanas son muchos. Si alguien comprende la nostalgia de las hordas nómadas, ese alguien es Luna. Sus sorpresas se desarrollan en territorios inhóspitos, calle abajo, donde los forasteros gritan los crímenes del reino.

 

—Dímelo todo.

 

—¿Ves a ese hombre de allá?

 

—¿El de playera roja?

 

—Sí… Ese hombre solía ser Tito Peralta, tu segundo Leporino.

 

IV

Entre los Leporinos, Tito es un excéntrico; esto es, un compañero que actúa fuera del núcleo que me interesa, el de los Incendiarios. Tito ni siquiera actúa como Portero; opera, más bien, como Enganchador. Esto lo supe después. La madrugada en que me pidió matar a un desconocido en una gasolinera, imaginé que, de hacerlo, mi acción se leería como una muestra de respeto.

 

Decidí sorprender al desconocido en el baño.

 

—Ese hombre es un asesino —me dijo—, no dudes.

 

No dudaba. Ocho años de rumores, de fantasías, quedaban atrás. Tan pronto amaneciera, el Maestro de los Leporinos me recibiría. Unas horas después, aceptaría confiarme tres Incendiarios, cuatro si sabía interesarlo.

 

No necesitaba más.

 

“No confundas ninjas con samuráis.”

Celeste Matsumoto

El tiempo probaría lo mucho que me equivocaba. No sólo no me recibió, tampoco supe calcular el peso que un muerto tiene sobre la conciencia, lo difícil que resulta desprenderse de él, la hondura de mi cinismo.

 

En los trabajos que elaboré en las afueras del Casino, desarrollo este punto ampliamente. Matar no es una opción, aunque nos maten. No es una cuestión ética, es una cuestión de ritmo. Cuando matas, lo pierdes.

 

Ningún Incendiario o Leporino se ha pronunciado al respecto.

 

V

A los 16 años creía que sólo unos cuantos escritores, los menos enfáticos, los más inspirados, eran capaces de reportar el efecto que producen ciertos paisajes en el ánimo de las personas. Creí, también, que contaba con lo necesario para ser uno de ellos. Luego conocí a mi primer Leporino, oficial de máquinas desembarcado, orador sin tema, que además de contarnos toda clase de historias acerca del grupo, citaba —de forma libre, enfática, ebrio hasta los pelos— a Efraín Huerta:

 

—Ese instante durísimo, cabrón, ¡durísimo!, en que gritamos por una virtud que nunca fue nuestra…

 

Escuchábamos, sin saberlo, lo mejor de su registro. Desde entonces, sé que no hay canto sin faltar a la letra.

 

“Es la hora del sueño, de los labios resecos, de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.”

Efraín Huerta

Mi grito, a los 23, consistió en llamar por su nombre a esos árboles cuchos, despeinados, que crecen a la orilla de la carretera. No poseo mejor fórmula. Lo mío no es la creación literaria. Lo mío es la edición. El oficio lo aprendí desde abajo. Como corrector, aprendí con quién se puede trabajar y con quién no; como editor, huelo a los Incendiarios. Por eso me dedico a lo que me dedico, por eso no dudé en matar al hombre que Tito me señaló.

 

Yo, como Gordon Lish, trabajaría con los grandes, con los que queman la pantalla. El remanso del número me disgusta, me salto la norma.

 

—El Señor de los Toques estará conforme —le digo a Tito—. También yo sabré persistir. Un día todo esto va a arder…

 

Cuando intento recostarme, choco con el cuerpo del desconocido.

 

Es durísimo desprenderse de tu primer muerto, cabrón, durísimo.

 

 

VI

¿Quién hablará de la cobardía? ¿Quién del asesinato? El realismo no es tan soso, ¿sabes? Los cuentos de luchadores, por ejemplo. El ring, seguro; pero abajo del ring, ¿qué? ¿Dónde dejas la máscara? ¿Cuándo empiezan los trancazos? ¿Por qué? Estas son preguntas importantes, merecen respuesta. Nadie mejor que los Leporinos para contestarlas.

 

“Why don’t you come on back to the war, let’s all get even.”

Leonard Cohen

El Consejo no se pronuncia, sin embargo. ¿Cuánto tiempo? ¿Seis, siete meses? En la carpeta del informe incluí una selección de cuentos publicados en siete estados de la república, los más broncos. 37‰ cuentos de lucha libre. ¿Coincidencia? Puede ser. Editorialmente 37‰ sigue siendo una cifra alta. Los Incendiarios están detrás de todo eso. Los Incendiarios son Leporinos que alebrestan, que caldean los ánimos, que forman militantes… Si el formato del libro está condenado a desaparecer, me gustaría cerrar la temporada con tirajes de mil ejemplares, en formato de bolsillo.

 

¿Por qué no contestan?

 

VII

Las murmuraciones son muchas. Se cuenta que el último Intocable fue un oriental de nombre Wei Yang Chi. Martel, que a mí me suena a francés, fue el primero de los Perseguidos.

 

Como podrás ver, nomás la pura introducción resume punto por punto la historia del mundo. Ahora, las aventuras de una secta oriental, perseguida en Occidente, es algo que cualquier quiere leer. ¿Dime si no? Luego está el cómo lo hagas, por supuesto, los materiales a mano. Pero los Leporinos te respaldan.

 

Eso sí te digo, la historia que está por escribirse no será la de tu abuelo. Acá la familia no trepa por el caracol del trabajo. Acá todo es atraco, acá todo está lleno de gandallas. Acá, cuando te persignas, no te persignas por decencia. Acá, escúchame, las fotos nomás sacan la ausencia.

 

¿La memoria? Canciones en labios ebrios, rebabas de juglaría. ¡La proclama, la proclama pondrá fin a todo esto!

 

—Súbele al pinche estéreo, no mames, esa canción es la de Luna.

 

VIII

En el 58, los cronistas de por acá registraron la colocación de una cápsula del tiempo en el monumento dedicados a los Fundadores.

 

El cabildo discutió el contenido de la cápsula.

 

¿Qué te gusta? ¿Una copia del acta fundacional? ¿El mechón de pelo de un alma cacariza? Dime, ¿tú qué crees que guarden las autoridades del cabildo en una cápsula del tiempo? ¿A quién le importa?

 

Bueno, pues hace unos meses otro cabildo mandó reubicar el monumento. La dichosa cápsula no aparecía, tremendo lío. Indignadísimos, otros cronistas demandaban a los mismos periódicos que inflaban la nota. Se armó tanta alharaca que el presidente municipal, tardecito, le entró al juego de las declaraciones.

 

“Será una de las mejores horas que marcarán el tiempo de mi gobierno. Quizá la más perenne, quizá la más entrañable.”
Carlos Canturosas Villarreal

—La cápsula aparecerá. Si no toda, al menos en partes. Esa base es de hormigón, a lo mejor las termitas nos gastaron una broma, a lo mejor la humedad. El próximo podio será de mármol, la cápsula del mejor acero americano. Paciencia, sólo les pido paciencia.

 

Un cuerpo de especialistas se puso a analizar materiales, los albañiles apuraron la desmontada. Los lectores, para entonces, se cagaban de risa.

 

—Los políticos siempre tan mano larga, no perdonan ni las cápsulas del tiempo.

 

El cabildo volvió a sesionar. Minutas, informes, receso, brandi en el Diligencias.

 

—¿Qué hacemos, mi lic?

 

—Chingao, no sé, ¿por qué la gente será tan rata?

 

Al final aparecieron dos cápsulas, en la reinauguración se colocó otra más. Las autoridades mostraban así el profundo respeto que sentían por la historia.

 

¿Alguien preguntó qué contenían? No. ¿Por qué no? Porque no.

 

IX

Pues a esa ciudad me llevó Tito. Cuatro puentes anchos, internacionales, para deshacernos de un solo muerto.

 

“Baby, I don’t care where you bury my body when I’m dead and gone. You may bury my body down by the highway side, so my old evil spirit can get a Greyhound bus and ride.”

Robert Johnson

Las preguntas del realismo, ¿no? ¿Cómo funciona? ¿Lo botas así nomás o lo despachas en partes? ¿A quién llamas? ¿Cuánto te cuesta?

 

Me sentía como el negrito que cantaba Me and the devil, ese que se encontró con el chamuco en un camino cruzado del Delta.

 

X

Gloria resultó ser una gorda bastante afectuosa que portaba una colorida blusa de manta debajo de una chaqueta de los Marines. El conjuntito no era accidental, como luego me dijo, el conjuntito tenía su chiste.

 

En principio, el ejército gabacho prohíbe a los soldados de cualquier regimiento portar el uniforme fuera del servicio; las ofertas del flea market, sin embargo, complican la regla. Gloria, como buen soldado, golpea por disciplina los puntos que sus superiores dejan al descubierto.

 

—Órale, Peralta, has de estar bien culiado pa llamarme a las carreras. ¿Un muerto? Tres años sin verte, cabrón, mátame esa. ¿Quién te crees que soy? ¿Tu chicana momma? ¿Un culito más? En estos pechos te dejaste los dientes de leche, no te hagas… Pero no te me pongas chiquito, mi amor, la Gloria no es rencorosa, la Gloria te quiere, deja que te apriete esas nalgas tan bonitas, ¡cachetón!

 

Impasible, el administrador nomás salió del mostrador para poner café. Pinche café aguado, de motel, comprado en la tienda del dólar del otro lado.

 

—Quióbo, güerito, ¿te pone nervioso el Poncho? Es sordo… Cabrón, pero sordo. Por eso lo pusimos en el Hamelin… Poncho, eh, Poncho. Órale, a la chingada… Bueno, qué, ¿a quién mataron? ¿Se lo merecía?

 

XI

—El jale del Hamelin es de los importantes. Por aquí pasa el miedo, la justicia menos, el amor no sé, la prostitución seguro. Somos lo que somos, por eso los sordos nos gustan más. ¿Creías que esto era el Hilton? ¿Pos dónde aprendiste a fumar, criatura? Para ser encargado del Hamelin se necesita mundo, una automática, ser sordo de nacimiento y nociones de aritmética. Si cumples con todas las condiciones, el trabajo dura lo que dura. Nadie cobra el retiro pero todos los encargados han contado con un catre al fondo, tres comidas diarias, la Cruz Verde está aquí nomás a la vuelta. Quióbo, ¿conoces a algún interesado? El Poncho se nos muere en estos días de cáncer… ¿No?… Bueno, no te agüites. Perder a un muerto en estas tierras te enseñará continencia… Los muertos pesan mucho, güero, lo mejor es no agarrarle el gusto… Dos muertos en la conciencia son muchos muertos, tres te quiebran. Escúchame, mejor que lo hagas… Ora que venga Tito tú te me pintas al centro, nomás al centro, cabrón. Pasea a tu muertito, tranquilo. Cuando sientas que te carga la chingada, me hablas… No antes de tres hora, una por cada año que me debe… Tú despídete despacito, mejor que lo hagas… Cuando estés bien mamado de alcoholes, me llamas a este número… Ora, por dejar que la Gloria se agasaje al Tito a sus anchas, cuando me llames te voy a proponer un trato chingón… Trae truco, pero es chingón y es trato, tú decides si le entras.

 

—¿Tú eres mi Portera?

 

—Yo soy tu Portera, papito… Tú nomás como el Poncho, calladito a la chingada.

 

XII

“Ahí viven los atravesados, los bizcos, los perversos, los queer, los problemáticos, los chuchos callejeros, los mulatos, los de raza mezclada, los medio muertos.”

Gloria Anzaldúa

La frontera le enfría el pasado a cualquiera, me lo dijo Gloria. El truco reside en que sólo el primero de los cruces trae garantía. Se sabe de gente que cruzó hasta catorce veces, cada una con un muerto distinto; años chulos, de pura anarquía. Luego no, luego el número se fue reduciendo. La gente con más de dos cruces de muerto se pone oscura, no sirve para nada. La frontera se puso avara. Serán los dioses, o la migra, o los narcos, o el río que se encrespa. Como sea, las bulas que la Gloria dispensa dan para un cruce. Luego, si quieres, te vuelve a cruzar; nomás que ahora sin promesas.

 

El uniforme me pica.

 

American soldiers —dice Gloria al oficial.

 

Tito se rasca la nuca.

 

Something to declare?

 

Nah fucking country, ah?

 

Yeah.

 

El oficial mira atrás, adonde se quedó mi muerto. Me pregunto si lo podrá distinguir entre tanta grisura. Es el encuerado con las manos atadas a la espalda. Para lograrlo, le tuve que romper los brazos. Mi muerto es el morenito de la esquina, debajo de un poste de luz sin foco, a tres cuadras de la Cruz Verde. ¿Alcanzará a distinguirlo?

 

Hace media hora, o así, cerramos el trato por teléfono.

 

—Échamele ganas, en un ratito estás del otro lado, ahora nomás fírmame bonito tu obra. Haz que parezca que fueron los narcos. Nadie hará pedo, hay mucho halcón por acá… En lo que arreglas el asunto me echo el del adiós, al soldado Peralta le da mucho por hacerse el desaparecido.

 

XIII

—Irving Howe fue socialista además de judío. Lindo viejo, abravado, del meritito Bronx. ¿Lo conoces? Crítico literario, memorialista. Cuando le reclamaron el título de uno de su libro, el de los Yiddish en Nueva York, contestó: “Querida señora, El mundo de nuestros padres es el título de un libro; El mundo de nuestros padres y nuestras madres es el título de un discurso”… Los circuncidados son así, inflexibles… Pues ese señor, una tarde, se puso a escribir el mejor estudio sobre Faulkner. Detrás de los datos, el mito de la derrota confederada. El orgullo, el honor o lo que sea, cagándote el palo, apartándote del discurso triunfalista del Norte… Cuando el mito está a punto de desaparecer, aparece Bill y lo encapsula entero… Pequeño contratiempo que sorteó con elegancia sureña: la nostalgia del romance regional lo enmelcochaba todo. Que si las tías, que si los negros tan obedientes, que si las mujeres tan guapas… ¿Qué hace? Recurre a Poe, al Poe de Baudelaire en todo caso. Ese sólo gesto lo sitúa en el mundo. Gana, para el Sur, un registro literario… La buena literatura escruta el pasado, no lo encomia. Son modales, nada más… Sí, chinga mucho, pero es así… Ahora, el gesto no transforma la partida, nomás la manera en que se cuenta…

 

“Ya que todos somos jueces, todos somos culpables.”

Albert Camus

—Suena a que leía mucho a Dostoievski…

 

—No importa qué chingaos leía, es lindo. La literatura como memoria incómoda: de un mundo, de una derrota, de lo que sea… Lindos viejos, la verdad.

 

XIV

—¿Has leído a David Foster Wallace?

 

—Poco. Entiendo que se suicidó.

 

—Sí, más o menos.

 

—Nadie se suicida más o menos, se suicida o no se suicida. Bang, a la chingada, o de cualquier otra forma.

 

—¿Quieres aderezo?… No quería suicidarse, lo suicidaron. Le faltaba realidad… ¿Te importa? Pregunté que si querías…

 

—Era para probar… La falta de realidad no siempre desemboca en el suicidio. Los Incendiarios …

 

—Ahora que hablabas de Faulkner, pensé: Foster Wallace tampoco tenía un lugar al cual regresar. Chas, barrido el Sur, chas, barrido el Oeste, chas por todos lados la misma mesita de polipropileno, los mismos toppings, el mismo panorámico. En un punto, el sistema deja de reproducir realidad, achata la geografía.

 

—Dicho así suena a relato de terror. Lo mío es Faulkner, Howe, a lo mejor Poe, pero no todo…

 

—Ciertos ambientes achican las emociones. ¿Cómo le entras a lo que sólo tiene un lado, un tiempo parejo?… Considera este centro comercial, ¿qué ves?

 

—La zona de comidas, tiendas, un carrusel allá atrás, mira tú, un bungee.

 

—Mira bien…

 

—Tito, no sé. Veo niños, demasiados, lamiendo los aparadores, una abuela poniéndose las gafas, un mapa, la cajera del Hong Fat parece enojada con el compa de las muestras; bungee, chiquito, pero bungee… Nunca me he subido a uno.

 

“¿Para quién es una casa la Casa Encantada? Tal vez para los mentirosos, los creativos, los propagandistas y los ingenieros forestales que se esfuerzan en reparar el enorme Árbol Sajón.”

David Foster Wallace

—Aquí no lo harás… Esto es pura memoria aplanada. ¿Ese carrusel es un carrusel o una simulación de carrusel, un recuerdo por el que pagas? De qué lado pega menos sol, ¿del lado del Hollister o del lado de Champs? ¿Reconoces algún ruido ajeno a las transacciones comerciales? La tarifa del bungee, ¿cambia de piso a piso? Si te arrojas, ¿a qué te arrojas? ¿De qué tamaño es tu fondo? Esto no es una feria de pueblo, ni el domo un acantilado, ni los pasillos los pasillos de un mercado… Le faltan cosas, está como aplanado…

 

—¿Eso mató a David? ¿Un bungee? ¿Cómo te identificas con eso? ¿Les falta realidad allá en donde has estado?

 

—Nos faltan maneras de reproducirla, se acabaron. El realismo no da, las cifras no dan…

 

—Maté a un hombre por ti, ¿de qué hablas?…

 

—Era un encargo, tu entrada…

 

—Tú no eres mi Portero…

 

—Yo no soy el Portero de nadie, soy el Enganchador. Si se me ocurre pedir pepinillos, me traen pepinillos. Es trueque, eso se da mucho allá por donde vas.

 

—¿A dónde voy?…

 

Ni siquiera me escucha.

 

—Una cápsula oficial, tu realismo; mensajes que terminan en saludo: de los abuelos a los hijos del presidente municipal, directo… La metaficción es la única vía, Vizcarra… ¿Me vas a publicar el librito o no? Es digital.

 

XV

La cajera del Hong Fat pasa a los gritos.

 

—¿Qué dice? —le pregunta el compa a sus compañeros.

 

—Que te regreses a la sierra, que acá no sabes ni ofrecer orejas de cochino.

 

—Ah, no, dile que por allá los coscorrones están duros, dile que no se espume tanto, que tanto puchero le quita lo mona… Dile: mamacita, hueles a puro morrón, smile

 

Tito no entiende un no, busca engancharme por algún lado.

 

—No eres la clase de Leporino que me interesa. Lo tuyo no es la metaficción. A Wallace no lo suicidaron. No vamos a publicarte el libro. La barra de los pepinillos no está abierta… Escucha, este es mi primer cruce, la Gloria dijo que traía garantía. Por qué no me dices mejor a dónde voy… ¿Los Leporinos no están acá? ¿Cómo los contactamos?… La realidad es que cargo un muerto, mejor que hables, pinche Peralta…

 

“El dinero sigue a las palabras. Nosotros seguimos al dinero.”

Michael B. Zalle

—Esto es lo que pienso: la frontera va a cambiar. Gacho. Hay mucho dinero. Lo del muro es lo de menos. Drones, hermano, drones que monitorean brechas, detectores que te queman la piel de a poquito, como cerillos, bases de dato que no olvidan, jueces de inmigración que consulta esos datos, chotas, hartos chotas. Puede que el negocio de Gloria se acabe. Nos van a saber de memoria, nos van a decir lo que somos, desglosado en porcentajes. Se viene dura la frontera. Las narraciones en red…

 

—Te salen mal…

 

—Léelo por lo menos…

 

—Lo leí a su tiempo… Puro romance de utilería. ¡¿A dónde me mandan?!

 

La cajera del Hong Fat golpea al compa con la charola de las muestras. Esta es una escena de mercado, grandote, chillón, pero mercado. Todo esto es cháchara, ¡dónde están mis Incendiarios! Por lo menos uno. Me lo deben, nos esperan allá abajo.

 

—Te vas a un casino kikapú.

 

—¿Un casino kikapú?

 

—Ellos lo manejan todo… Repartirás cartas o algo así, no sé. Acá está prohibido el juego, en la reserva no, con eso pagan los billes, aseguran la educación de los muchachos…

 

—¿Crupier? ¿Estás loco? ¿Te parece que sé repartir cartas? Tengo trabajo …

 

—Lo harás allá…

 

—¿Allá, en un casino?

 

—Es lo que tengo para ti. Eso o lavaplatos en el Hong Fat. Gloria lo arregló. Decide.

 

XVI

Sólo Chacho puede alimentar a Espanto. Si alguien más trata de alimentarlo, enfurece. El perro, regalo del juez Lemon, odia a los habitantes del Refugio, lo mismo si son del Nacimiento, en Coahuila, del condado de Maverick, en Texas, o de las tierras del Regreso más allá de Oklahoma.

 

El animal nació odiando a los kikapús. Eso es lo que se dice por acá, en el Refugio.

 

“He was not too dark and not too fair, not too thin and not too fat, not too short and not too tall.”

Américo Paredes

El trato con Chacho es otro no porque el odio sea menos sino porque el miedo es parejo. Cuando a Chacho le da por acariciar al animal, los aullidos de Espanto secan los huesos de los animales que mueren atropellados en la carretera que lleva a Piedras Negras.

 

En esas noches la gente de Chacho juega al dominó en las bancas que colindan con la propiedad de Preston. El presbiteriano no apaga las luces hasta que se marcha el último cliente del Casino.

 

XVII

Cualquier música de fondo es buena cuando te quieres sacar de encima los aullidos de un perro albino. Todos acá aspiran a curarse, nomás no de esa manera. He contado los puntos de mis fichas tarareando el estribillo de Copacabana en más de una ocasión sólo para sacarme de encima ese quejido.

 

XVIII

Cuando acá, en el Refugio, hablan de todos, se refieren a los trabajadores en tratamiento. Porque este es un lugar de sanación antes que una escuela de oficios que abastece las necesidades del Casino. Cuando los futuros crupiers, bartenders, afanadores están fuera de las tierras que el gobierno federal concesionó a la tribu, dedicadas en dos terceras partes al juego, en espera de ser enganchados por Isidoro, no son otra cosa que enfermos espirituales al cuidado de Chacho.

 

XIX

Hace veintiséis días que llegué al Refugio.

 

—Chacho no podrá recibirlo. Me pidió que le mostrara la hemeroteca. Trabajará allá… ¿Ya conoce la historia de Espanto? ¿Lo ha escuchado aullar? ¿No?… La hemeroteca está a unas cuadras de acá. ¿Le interesa escucharla? ¿Sí? ¿Cómo dice que se llama?

 

—Vizcarra…

 

—Bienvenido al Refugio de los Culeros, Vizcarra… Mi nombre es Ángel y soy alcohólico, gente de Chacho, el jefe político.

 

XX

Las interpretaciones no son consistentes pero los hechos más escuetos se repiten lo mismo. Intentaré resumir las distintas versiones de la gente de Chacho.

 

Un grandísimo hijo de perra llamado Lemon solicitó que la firma del permiso del Casino se celebrara en su rancho. Hasta entonces Lemon era una mera referencia legal en un caso de 3 mil 837 folios. 3 mil 837 folios son como cuatro años de audiencias, de dictámenes, de consideraciones, de recursos extraordinarios, de todo el papeleo que supone no tener un peso de más para un abogado con una reputación de menos.

 

El abogado de oficio, Isidoro, le sugirió que aceptara. Chacho era un hombre con un sueño, para qué darle largas al negocio que cubriría los gastos de la tribu. Isidoro se ocupó de los permisos para que la firma se celebrara en el rancho de Lemon.

 

“Nobody wants to be here and nobody wants to leave.”

Cormac McCarthy

La mañana en que Chacho e Isidoro descendieron de la patrulla se toparon con la imagen de un pacífico Hopalong Cassidy de 70 años balanceándose en una mecedora de respaldo alto, madera seca, corte recto, detrás de un perro encanijado que con cada jalón de cuerda hacía crujir la madera del barandal donde lo habían amarrado.

 

—Pasen, amigos —les dijo—. Pasen. El animal no muerde, son mañas de perro americano… Estamos entre amigos, hombre, celebrando la ocasión especial…

 

Cuando Chacho comprendió que no había otra manera de llegar a Lemon, enfiló sus pasos hacia la escalera, decidido a sacarle la última firma. Nomás reculó cuando sintió que el perro se le echaba encima; tantito, lo justo para cogerlo del cuello en el momento en que la cuerda lo jalaba hacia atrás.

 

Rodeándolo se le sentó encima y a ciegas le metió un dedo en el culo. Cada que el perro hacía por soltarse Chacho lo tironeaba hacia arriba desde allá adentro. El animal no cedió hasta el cuarto o quinto jalón a tres dedos.

 

Entonces sí le regresó el saludó a Lemon:

 

—Me gusta su perro, don. Se lo compro, parece entendido.

 

Espanto, o como se llamara entonces, lamía la mano de Chacho. La misma con que lo acaricia las tardes en que regresa triste al Refugio.

 

XXI

Esa, en líneas generales, es la historia de Espanto. Luego están los chismes, las interpretaciones de los Culeros.

 

Dicen que la competencia de Isidoro con Chacho viene de esa reunión, la de la firma del permiso, importantísima para todo lo que pasó después. Chacho, el fatalista, opaca a Isidoro el rencoroso. Frente a Lemon Isidoro se achica. Chacho no lo señala en asamblea porque por aquel entonces Isidoro no era miembro de la tribu ni manager del Casino. Era un mero asesor legal en un caso de oficio, un objetor de conciencia, un metiche bien intencionado. Es hasta después, con la compra del Refugio, con las primeras críticas de Chacho a la administración del Casino, que Isidoro se transforma en un resentido en franca competencia con el hombre que lo sabe cobarde.

 

También dicen que Chacho, tras el duelo con Espanto, quedó incapacitado para ocuparse de asuntos de dinero, que acá, como en todos lados, es lo que más importa. Eso dicen. Taciturno, el jefe político se habría enredado de ahí para siempre en una batalla espiritual con el animal de Lemon. Isidoro, un chicano embustero, el corruptor de políticos, el encargado de que el Casino gane sin faltar a la hospitalidad de los blancos, ese era el hombre adecuado para barajar las cartas que los kikapús le sacaron al gobierno.

 

“He grabbed his gun and fired at the dead Indian.”

Clarence E. Mulford

Lemon es siempre Lemon, el amable protagonista de las películas de Hopalong Cassidy que oculta al gatillero de Bar-20 de Clarence E. Mulford.

 

El puto amo de Espanto, el principal enemigo de Chacho.

 

XXII

Cada que Lemon aparece por el Casino, la gente de Isidoro tiene instrucciones de no aceptarle dinero. El anciano, en retribución, pierda o gane deja una propina de 100 dólares para el alimento de Espanto.

 

Chacho, apenas recibe el sobre con la firma del manager, manda al bufete del anciano una nota de agradecimiento, una botella de Gran Patrón Burdeos y una foto del perro.

 

Lemon, me cuenta don Ángel, es abstemio.

 

XXIII

Bajo el 3-4 buscando cerrarle el paso al 3-5. Sale la mula de cuatro y don Ángel pasa. El hombre a su derecha pasa. Saco el 1-6. El hombre a mi derecha pasa, don Ángel pasa y el hombre a su derecha baja el 6-0.

 

No entiendo. ¿Será que don Ángel tiene el 3-5?

 

Pruebo con el 4-2. El hombre a mi derecha sale con el 2-1. Don Ángel bufa con el 0-2. Comprendo el error cuando el jugador a su derecha coloca el 2-5. Paso. El compa de Tamichopa cierra con el 1-3.

 

Es el tercer juego al hilo que perdemos. Nomás no me concentro. Espanto, allá atrás, aúlla. Las trompetas del Casino, allá enfrente, acentúan el puente de las baladas más flojas. Los altoparlantes de Preston, aquí nomás enseguida, no dejan de escupir la marcha nupcial.

 

“Aclárese y aclárenos una cosa: ¿cree usted en la soberanía nacional?”

Mariano Rajoy

¿Quién es lo bastante ingenuo para casarse en el templo que separa al Casino del Refugio de los Culeros? Imposible llevar bien las cuentas. ¿Es que la última misión del cristianismo consiste en asegurar las ganancias de una noche?

 

Exagero…

 

Preston no es un fanático, ni siquiera cree en los principios más elementales de la religión del abuelo. Sabe, eso sí, que es el mejor instrumento para hacer rendir la tierra que heredó del padre. El bisabuelo de Preston peleó en la batalla de San Jacinto. O eso me cuenta don Ángel. Chacho, en todo caso, no supo llegarle al precio cuando el precio no era problema. Apenas entendió que el plan del jefe político era anexar el Refugio a la Reserva, Preston quintuplicó el precio. El presbiteriano, a su manera, participaba del negocio: o los indios le aseguraban un retiro digno o moriría al frente de su iglesia, uniendo los residuos del mundo libre.

 

—Debió salir con el 1-6 en lugar de con el 3-4. Con el 6-3 abajo teníamos el 3-2 y el 3-3. Entonces yo hubiera cerrado con el 3-5. ¿Qué le pasa?

 

—Las cuentas de por acá son complicadas…

 

—Las cuentas de por acá no nada más son complicadas, son antiguas como el mundo. ¿Y sabe lo que dicen los compas de Isidoro? A un perro a lo mejor, a un dólar no hay manera de checarle el culo. O sea que el asunto nomás se complica… Pero pague, pague, no le haga al pendejo.

 

 

XXIV

¿En qué momento se les desfondó el realismo? ¿Qué escribían? Un día escriben policiaco, al siguiente ensayan con el western. ¿Se preparaban para algo en concreto o sólo eran figuritas con cuello de resorte acusando los cambios en el terreno?

 

Cuando, entre tanto dato suelto, aparece un cuento de vampiros, por afectado que resulte el estilo, fantaseo con la posibilidad de encontrar otros cinco, publicarlos con un buen estudio de los usos del gótico en el norte de México. Pero me tocó la de malas. La mía será la primera antología de una serie futura, la de los Leporinos en nuestro país. Con los materiales que Tito dejó por acá apenas si cubro los últimos quince años.

 

Fue aquí, en el Refugio, donde Peralta se nos puso posmo. Lo advierto en las notas que acompañan las fichas del catálogo. El autor de nota roja, el primero en comprender que la economía del lenguaje periodístico se había reconcentrado hasta llegar a la cifra, de pronto cede el paso al internauta. Sus apuntes no son lo único que me aparta de mi trabajo, sus mensajes de celular también me quitan tiempo:

 

¿Quién te conoce allá?

¿Creíste que te iban a soltar las cartas nomás por bonito?

¿Quién eres además de un editor de segunda fila?

 

¿Creerá que habla con uno de sus amigos electrónicos?… Nadie me conoce por acá… ¿Qué con eso?… ¿Quién le dijo que muero de ganas de trabajar en el Casino?… ¿Un editor de segunda fila?… ¿Dónde me empadrono?… Peralta es un resentido… Eso es…

 

¿Encontraste más cuentos de vampiros?

Busca la ficha de Beny Molina aunque me dejes en visto.

Es buenísimo

 

XXV

El Refugio de los Culeros es uno de esos lugares donde te reconcilias hasta con la letra chiquita del contrato. Imagina que te encuentras en una granja modesta del sur de Texas. Son las siete, siete 30 de la tarde. ¿Qué escuchas? ¿Son tordos? ¿Ese que canta a lo lejos es Tom Jones? ¿Qué ves? No me digas: ves contenedores vacíos, una cerca con alambre de púas, nogales, tras los nogales dos cruces, un versículo en inglés, Leviticus 5:6, un águila de fibra de vidrio montada sobre cuatro columnas dóricas. ¿Qué pasa adentro? ¿No adivinas? Un montón de norteamericanos apuestan sus pensiones, brindan de buen humor por sus pérdidas, se consuelan uno al otro al mismo tiempo que dejan propinas del quince por ciento. Visualiza un campo de máquinas tragamonedas que transmiten el mismo mensaje las 24 horas del día: Try again. ¿Puedes sentirlo? A eso es a lo que yo llamo alegría.

 

Qué manera de cuidar los detalles, ¿no te parece? Caldo de pollo para el alma de tanto Culero estacionado por acá. Te juro que algunas noches me echo a cantar keep your hand on the plow and hold on, yes, hold on mientras aplaudo.

 

Nuevos mensajes de Tito:

 

Emplea tu tiempo sabiamente.

Cúrate de lo que sea que estés enfermo.

Este es tu tiempo.

Te encuentras en el Refugio.

 

Ahora le da por imitar el estilo de las galletas de la suerte:

Los Culeros murmuran.

Ocúpate.

 

Y adjunta la liga de la Habitación, como si me importara, sea lo que sea.

 

XXVI

La historia de Espanto parece sacada de uno de esos western que encuentras en los remates de la tienda del dólar. El conflicto de intereses, ligado al autogobierno de un territorio, achica el diálogo, tensa el antagonismo, lo conduce de manera natural al duelo. Llegados a este punto, la justicia pasa a segundo plano, todo depende de la técnica: la pericia, la puntería, lo que sea. El modelito, liberado del fardo de las imágenes, resulta de lo más maleable, como las historias de fantasmas. Por eso a nadie se le ocurre reproducirla por escrito: el gesto no sólo resulta en una impostura, lastima el desarrollo de la trama.

 

Los Culeros, de verdad, son en el puro lenguaje. Siempre cuentan la misma historia de manera diferente. ¿Por dónde los agarras? Dicen, pero eso no me consta, que la gente de Isidoro refiere la historia como chiste, un chiste de ocasión, de esos que emplean para romper el hielo con los clientes que no simpatizan con Lemon.

 

XXVII

Los lunes, alrededor del mediodía, el encargado de pasear a los caballos se detiene a charlar con los trabajadores del almacén. Tito, finalmente, logró que me asignaran uno de los contenedores arrumbados en el patio de descarga. Cuando lo abrí, el olor a cilantro pasado me cortó el aliento.

 

—¿Qué escribe? ¿Está ocupado?

 

Más que tahúr, el anciano es un mago con aspiraciones de tahúr. Lo he visto sacar un 3 de diamantes de las orejas de los muchachos que se reúnen a jugar a los dados detrás del establo: “Esos mocosos no son de escuela —me dijo una tarde—. ¿O si no por qué andan por el establo? Es el jalón de la vida, amigo, a unos les pega más duro que a otros. ¿Por qué detenerlos?”

 

Su plan de rescate consiste en iniciarlos en los misterios del póquer. Los trucos de magia, dice, son un mero recurso para captar su atención. “De los dados, los caballos o la magia no se vive o se vive mal. Lo bueno está allá enfrente.”

 

La verdad es que los trucos se le dan bien para ser un hombre de ocho dedos.

 

—¿Lo incomodo?

 

—Pásele, Germán, ya mero acabo con esto…

 

En lo único que logro trabajar en esta soledad es en los apuntes del muerto. Todavía no me queda claro lo que pasó en la gasolinera. Sé que entré a matarlo, luego nomás recuerdo que me puse chinito, entro en esta calma temblona de la que sólo saco preguntas incómodas…

 

—¿Qué cuentan los muchachos?

 

—No cuentan nada. ¿Qué van a contar? Son muchachos, sueñan con que practican en mesas forradas de terciopelo.

 

—¿Chacho no le ha dado respuesta?

 

—Otro desconsiderado, ni me lo miente —me dice acercando una silla—. ¿Una partidita?

 

—Una nomás, no me gustaría dejarlo sin fondos.

 

—Oiga nomás, tan afrentoso. Dejara usted de ser de allá, de donde vino… De las mesas me retiré invicto, mi mal fue otro…

Cuando a Germán le tocas el orgullo las barajas se le escurren de las manos. No busco incordiar, es sólo que traigo al muerto respirándome en la nuca.

 

—¿Con cuánto salimos?

 

—Póngale tres…

 

Germán reparte. Sin mirar las cartas sube la apuesta a cinco. Cubro. El flop es un 8 de tréboles, una cuina de corazones, un joto de diamantes.

 

—A lo mejor lo que me falta es labia para convencerlo…

 

—A lo mejor…

 

Mira sus cartas y sube a siete. Cubro, confiando en mi cuina de picas.

 

—O a lo mejor no se acuerda que él fue el que nos encandiló allá en el Nacimiento con el plan del Casino.

 

—También puede que sea eso…

 

El turn es un 6 de diamantes. La apuesta sube a diez.

 

—Viera lo bonito que hablaba el condenado: quesque si no somos una tribu sino una nación, quesque las cartas eran un medio no un fin, quesque la tierra nos pertenecía desde siempre. Hombre, sí, nada más que para recuperarla como él quiere hace falta un puñado de buenos crupieres. Si no, ¿para qué darse la vuelta hasta allá? ¿Permiso? ¿Desde cuándo un kikapú requiere de permisos? Nos moríamos de hambre, de Coahuila a Oklahoma, de puritita hambre…

 

El river es un as de diamantes.

 

—Yo fui de los primeros que le firmó la hoja, que le dijo: “Vámonos, hombre, aquí ya qué”.

 

Cerramos la apuesta en quince. Bote de 74 dólares. Cabrón viejo, la trae asegurada.

 

—¿Qué le pasó en la mano?

 

—La de malas… A los compas con los que vine no les gustaron mis números… Yo era un jugador de fantasía… Tres días pasé en el Casino, los mejores de mi vida… Esas cosas pasan, hay mucha envidia por acá… ¿Qué le salió?

 

—Par de cuinas…

 

Risueño, el abuelo descubre un 10 y un 9.

 

—Escalera…

 

—Con esto completo la mesa de los muchachos, plegable, con su terciopelo verde… No se sienta mal, ándele, póngale nombre. ¿Cómo quiere que se llame?

 

— ¿La mesa?

 

— Pues qué ha de ser, amigo, la mesa, sí. ¿O quiere bautizarme la mano cucha?

 

— Póngale la Escalera de los Leporinos…

 

—¿Usted es gente de Tito?… Ese muchacho abrió la hemeroteca. Útil, muy útil. El futuro está en el papel. ¿Ha escuchado del póquer en línea? Peor que jugar a los dados, hágame caso. Eso no es de personas… En fin, yo nomás venía a decirle que Isidoro lo espera en el Casino a las 6, en media hora…

 

—¿Sabe para qué?

 

—Seguro que no es para ponerlo en una mesa. No se me ofenda, pero para las cartas es usted un negado. Debió salirse en el turn, se hubiera ahorrado unos dólares… En fin, por allá lo esperan… Y si puede, échese unos mojitos por mí en el salón de póquer. Tengo varios muchachos por allá, salúdelos de mi parte.

 

XXVIII

No todos los Culeros en rehabilitación regresan al Casino. Germán jamás regresará. Su trabajo está allá, en el Refugio, alebrestando muchachos. Si con el Profe, como le llaman por acá, no hacen concesiones, figúrate con un desconocido.

 

Eso me dice Isidoro, un kikapú alto, cuadrado, que habla como George C. Scott en la primera escena de Patton.

 

— Vamos a ver, ¿a usted le debe algo esta gente, tiene cuentas qué saldar con ellos? ¿Sabe cobrar sus deudas de a poquito, sin chistar ni hacer malas caras? Si un jugador no le paga, ¿qué hace? Usted es crupier, no guardia de seguridad, ¿qué hace? Y si el diablo le pide cartas, ¿se las reparte?

 

De no ser por un puñado de jubilados en las mesas de enfrente, cercanas a la tómbola, no habría necesidad de escuchar a Neil Sedaka cantar Laughter in the rain.

 

— No basta con que no nos haga perder dinero, hay que ganarlo. Despacito, centavo a centavo si usted quiere, pero ganarlo… ¿Escucha esa música? Los muchachos, todas las noches, me pasan una lista de éxitos. ¿El criterio? Los hábitos de apuestas de cabrones como esos, cabrones que antes de que les saquemos el último penny se van a morir, cabrones que ya se nos escaparon. ¿Entiende?

 

— Yo vine a Eagle Pass porque me dijeron que acá vivían los Leporinos…

 

— Los Leporinos — revisa los folios de una carpeta rotulada con mi nombre—. Los Leporinos, sí — se detiene—. Amigo, aquí dice que no encontrará nada más de lo que ya encontró en la hemeroteca… Ignacio verá la manera en que ese material se le haga llegar digitalizado —golpea con el índice uno de los folios—: Los originales pertenecen a la hemeroteca… ¿Entonces?

 

Con tres mojitos encima, a mí ya todo me da un poco lo mismo. La partida ya se perdió, así que me arriesgo a preguntar:

 

—¿Qué pasó después?

 

Isidoro se echa para atrás:

 

—¿Después de qué?

 

—Después de la entrevista con Lemon.

 

Sonríe:

 

—La historia del perro no le basta, ¿eh? Usted es de los listillos… Quiere el otro ángulo… El otro ángulo es este — coloca la mano en una pila de carpetas—. Parte del dinero que sale de las máquinas se emplea en abogados, en contadores, en sobornos… Esta no es una tribu, es una nación en guerra, la última con posibilidades de ganar gracias al plan de Ignacio… La riqueza que defendemos está en el Refugio, no acá. Y no hablo de la gente, hablo de la tierra: una tierra de la que somos dueños, una tierra que compramos con dinero contante y sonante después de que nos la quitaron…

 

Ríe:

 

—Cabrón Ignacio… Un hombre de decires sencillo, parco como todo Culero… Ese día, después de la junta, me dijo: “A ti te tocó el papel de Judas, Isidoro. Cuando estos cabrones se den cuenta de lo que acaba de pasar, querrán pactar desde adentro”… Ese es mi ángulo: pactar desde adentro. ¿Con quién? Con el que esté interesado en intercambiar unos dólares con nosotros… Es cierto lo que dicen: no hay forma de checarle el culo a un dólar… Pero al dueño, al dueño nomás hay que buscarle el modo…

 

Isidoro le hace una seña a uno de los muchachos. El empleado se aproxima con un sobre manila:

 

—Esto es para que llegue a México, nada que tenga que reportar en la frontera. Tito lo espera en el Hamelin… Tiene una semana para arreglar sus asuntos en el Refugio… ¿Algo más en lo que lo podamos ayudar?

 

—¿Podría pasar a la sala de póquer?

 

—¿Trae saludos del Profe?

 

—Sí…

 

—Ándele pues, pero no me los distraiga mucho, a lo que va nomás.

 

—¿Puedo llevarle una botella al viejo?

 

—¿A Germán? Germán es alcohólico, ¿o por qué cree que no lo tenemos acá? ¿Por los dedos?

 

Continuará…

 

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